Por Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista y director general de Gobierno de Calidad, consultoría de políticas públicas
Un sistema jurídico necesita previsibilidad, continuidad y coherencia interna. Cuando estos pilares se fracturan, el Derecho deja de ser un mapa y se convierte en un terreno movedizo.
En un contexto de reformas aceleradas, leyes improvisadas o cambios radicales, la jurisprudencia pierde su función orientadora, la doctrina queda desfasada antes de imprimirse y los operadores jurídicos trabajan en modo reactivo, no estratégico.
El estudiante aprende un Derecho que quizá no existirá al graduarse.
El Derecho, que debería ser un lenguaje estable, se vuelve un dialecto en constante mutación.
El Derecho no es solo un conjunto de normas; es una narrativa institucional que explica cómo se organiza la vida pública. Cuando esa narrativa se rompe: Se pierde la lógica interna del sistema, las instituciones dejan de dialogar entre sí, la ciudadanía deja de entender qué esperar del Estado y el estudiante pierde el hilo conductor que da sentido a su formación.
Es como intentar estudiar arquitectura mientras los edificios se derrumban y se reconstruyen con planos distintos cada semana.
Cuando el sistema es caótico, el estudiante enfrenta tres riesgos:
- a) Aprender un Derecho efímero. Lo que estudia hoy puede ser irrelevante mañana. Esto genera frustración, desorientación y una sensación de inutilidad del esfuerzo académico.
- b) Normalizar la improvisación. Si el sistema improvisa, el estudiante puede asumir que la práctica jurídica es un ejercicio de ocurrencias, no de técnica.
- c) Perder la brújula ética. Cuando las instituciones se contradicen, la ética profesional se vuelve un territorio ambiguo. ¿A quién obedecer?, ¿A qué principios responder? Y ¿Dónde está la legitimidad?
Pero también ocurre algo inesperado: nace una generación distinta. En medio del caos, surge un tipo de jurista que no existía antes: Más crítico que dogmático, más analítico que memorístico, más institucional que partidista, más consciente de la fragilidad del Estado de derecho y más capaz de navegar la incertidumbre.
Paradójicamente, los sistemas inestables producen juristas resilientes, capaces de reconstruir cimientos.
El verdadero problema no es el cambio, sino la falta de método.
Los sistemas jurídicos pueden transformarse —y a veces deben hacerlo—, pero necesitan: Diagnóstico, transición, gradualidad, evaluación, coherencia narrativa.
Cuando el cambio ocurre sin estos elementos, el Derecho deja de ser un sistema y se convierte en una colección de impulsos. Y ahí es donde estudiar Derecho se vuelve un acto de fe.
En un contexto así, estudiar Derecho exige volver a las bases filosóficas: justicia, legitimidad, poder, derechos. También fortalecer la técnica jurídica, no solo la memorización y desarrollar pensamiento crítico para distinguir reforma de ocurrencia. Asimismo, se debe entender el Derecho como un ecosistema, no como un código.
Se impone entonces construir una narrativa propia que dé sentido al caos.

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